lunes, 26 de enero de 2015

Cuéntalo otra vez: Ana María Matute





EL ÁRBOL DE ORO

Ahí estaba, era completamente real. Era precioso y, como mi viejo amigo decía, era cegador, muy cegador. El gran árbol de oro. Anduve por sus alrededores y no tardé en descubrir aquella crucecita de hierro, y aquel nombre tan peculiar tallado en aquella lápida. Hacía ya dos años que no sabía nada de él, pero sin embargo no me entristecí, todo lo contrario, me sentí feliz.
Todo empezó ese invierno en el que no volví a la ciudad y me quedé en las montañas. Ese año me apunté a las clases de la señorita Leocadia, que siempre otorgaba la llave de la torrecita donde se guardaban los libros a Ivo, aquel chico tan especial, no se sabía por qué pero era muy especial. Ningún alumno más había entrado a esa torre, solamente Ivo.
Un día le pregunté a la señorita Leocadia si podía ocuparme de la llave de la torrecita. Parecía que iba a acceder, pero de repente Ivo fue a su mesa y le dijo algo en susurros. Entonces, la profesora se negó a darme la llave de la torrecita. Todo quedó como estaba. Ese mismo día en el recreo le pregunté a Ivo que por qué no quería que fuese a la torrecita. Y el me contestó:
-Hay un árbol de oro
-¿Qué hay un árbol de oro?-pregunté extrañada.
-Sí, pero no todos podemos verlo. Tenemos que saber por cual de las rendijas hay que mirar.
-¿Y por cuál rendija es?
-Es una rendija que queda al deslizar el cajón de la derecha.
Semanas más tarde, Ivo enfermó y se me otorgó a mí la llave de la torrecita. Pero por más que miraba por aquella rendija no veía ningún árbol. Me sentí traicionada.
Me fui a la ciudad y después de dos años regresé a las montañas. Decidí dar una vuelta por el cementerio.
Me sentí extremadamente feliz cuando leí aquel nombre: IVO SÁNCHEZ MÁLAGA, MUERTO CON DIEZ AÑOS DE EDAD.

Alicia Pulido Vélez
2ºde ESO B 


Fotografía: Marta Gil

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